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jueves, 2 de abril de 2009

Guerra de Malvinas: 2 de abril de 1982

A 27 años de la guerra: una sociedad que no cura sus heridas

por Liana Castello

Nadie olvida. No se puede olvidar una guerra. Ni siquiera aquéllos que no la vivieron, que no habían nacido en aquellos años y la aprendieron en la escuela. La herida que deja una guerra en un pueblo no sana jamás. No sólo la padecen quienes perdieron a sus seres queridos, quienes quedaron mutilados, quienes no pueden sacar de su cabeza las peores de las imágenes y los más crueles de los recuerdos.

Esta guerra no fue un episodio más de la historia, no fue una manifestación en una plaza, no fue un discurso político. Fue una guerra. La sola palabra ya conmueve el alma. Ninguna guerra tiene justificación, ninguna guerra vale la pena, lo digo a riesgo de parecer ingenua en mi pensamiento. El ser humano debería ser mucho más inteligente y poder dirimir sus diferencias sin un arma en la mano. Por legítimo que sea el reclamo, es siniestro pensar que ganan los que matan más personas del otro bando, ganan aquéllos que, en el debe y haber de la muerte, se quedan con el “haber”.

El de Malvinas, por cierto, no fue el primer conflicto bélico que vivió la Argentina. Nadie puede olvidar a los grandes próceres de nuestra patria, quienes también, en algún momento, tuvieron que empuñar un arma.

En esos tiempos, quienes comandaban las tropas no lo hacían desde cómodos escritorios de oficinas, sino que eran uno más entre los soldados. Ponían, al servicio de la patria, su inteligencia, sus estrategias, su cuerpo, su patrimonio y, a veces, hasta sus vidas. Se involucraban y apostaban por lo que creían justo.

El caso de Malvinas, fue distinto. Al horror de cualquier guerra se le agregaron otros componentes que la hicieron aún más dolorosa. En esos tristes años de la Argentina, no había un prócer comprometido con una causa:

A partir de los errores políticos y diplomáticos que no previeron a la guerra como posibilidad, ni siquiera remota, es fácil entender la improvisación militar que sobrevino, cuando los hechos se precipitaron de manera inesperada.

A la diferencia natural de equipamiento, número de efectivos y capacitación, se le sumó una falta de conocimiento de las características del terreno, una escasa logística para las distancias e inclemencias del tiempo, y, por sobre todo, la ausencia de una flota de mar en un teatro de operaciones insular: un portaaviones que otorgara mayor autonomía a los aviones argentinos. Éstos operaban desde el continente, y el combustible sólo les permitía efectuar cortos vuelos sobre las islas.

Las islas, rodeadas por la flota inglesa, estaban a merced de los constantes bombardeos de sus aviones. La extensa costa facilitaba el desembarco de tropas y el posterior establecimiento de "cabeza de playa" para consolidarlo.La mayoría de los efectivos argentinos eran soldados conscriptos, jóvenes no profesionales bajo bandera, como consecuencia de la ley de servicio militar obligatorio, impulsada, a principios del siglo XX, por el Tte. Gral. Pablo Ricchieri. Muchos de ellos eran oriundos de regiones cuyas condiciones climáticas distaban de las de Malvinas. La adaptación al clima les significó una guerra aparte. (1)No existía una estrategia pensada con detalle, sólo improvisación y desconocimiento.

Desde lujosas y cómodas oficinas, se jugó con el destino de los jóvenes soldados, no se los cuidó, ni se los instruyó adecuadamente y aún menos se los respetó. Se jugó con un pueblo que creyó y quería ayudar, sin saber que, muchas veces, esa ayuda, brindada con tanto amor, no llegaba a manos de su destinatario. Se jugó con esos chicos y con sus padres y familiares.

Uno debe defender lo que es de uno, sea una isla o cualquier otra cosa, pero hay formas y formas de hacerlo y los hechos nos confirman que se hizo de un modo improvisado y sin profesionalismo.

Una de las frases de la época era que había que recuperar a “la hermanita perdida”. Hubiera sido imprescindible que pensaran también que quienes iban a la guerra eran nuestros hermanos y nuestros hijos, y, por lo menos, haberles provisto de lo imprescindible, haberles dado la posibilidad de luchar, si que es no había otra opción, con mas dignidad y no en semejante inferioridad de condiciones.

Ningún pueblo olvida una guerra, ningún padre olvida a su hijo muerto, mutilado o devastado por los malos recuerdos. Pero tampoco se debe olvidar a quienes no han tenido códigos, a quienes no les importó la gente, a quienes usaron a nuestros chicos, como quien juega con soldaditos de ésos que ya, por suerte, casi ningún niño usa. No conviene olvidar, un pueblo que olvida está más expuesto a que le sucedan las mismas cosas.

Para que no vuelva a ocurrir y para honrar la memoria de quienes entregaron su vida por este pueblo argentino, no olvidemos, no los olvidemos, conservando, en nuestro corazón, un recuerdo orgulloso y respetuoso.

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