Sólo quien se encarna (quien queda en manos de los otros)
puede ofrecerles luego algo,
puede acogerlos, como sabe Mt 25,31-46, cuando pone como primera obligación cristiana la de acoger en el sentido fuerte a los demás: la de ofrecer un lugar en la mesa y familia, en la cultura y sociedad a los que se hallan marginados, en gesto de fuerte cercanía humana. En esa línea,
queremos acoger a los presos: recibirlos dentro del campo del afecto y la preocupación, dentro de los planes y tareas del propio grupo cristiano, dentro de la iglesia.
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